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Con el seudónimo de Macondo, Frank Humberto Julio Aguilera, fue el ganador del “II Concurso de Cuento Corto Mi Barrio”, que convocó www.periodismosinafan.com, www.librosyletras.com y www.barriosdebogota.com

El ganador obtuvo 600 mil pesos en libros, tal y como se había establecido en la convocatoria. A la premiación llegó acompañado de su pequeña hija. Este es el texto con el que participó y obtuvo el primer lugar.

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Víctima de un accidente entre auto y peatón, a dos cuadras de su casa, el profesor Quintero había adquirido una extraña condición que le imposibilitaba a su cerebro realizar la sinapsis adecuada entre la zona de los recuerdos y aquella encargada de procesar las experiencias en el presente; sus estudiantes ya lo apodaban “el atropellao” y cada vez que en la cátedra de geografía e historia confundía hechos como la guerra del Peloponeso con la guerra de los mil días , sus aprendices lo corregían y entonces se excusaba con la frase de cajón – ¡Pero eran hijos de la misma tierra!- .

Quintero se mostraba terco en principio a reconocer las secuelas del accidente, pero como no había nada en el mundo que le negara a su esposa Agripina, terminó accediendo a su petición de ver a un psiquiatra que acabara con las irregularidades de su psique. Lo atendió entonces el doctor Guzmán quien interpretó que el mal del sujeto radicaba en no disociar las experiencias espacio-temporales, motivo por el cual y dado que el docente era un hombre culto, en la primera sesión el terapeuta llevó mapas de cada uno de los continentes para que el profesor reconociera, mediante percepción visual, los fenómenos históricos acontecidos allí a través de los siglos y poco a poco llegara a diferenciarlos hasta encontrar la conciencia de su presente.

A Quintero le pareció tan interesante la terapia que aquella misma tarde,en un intento por recuperar la cordura, decidió regresar a su casa como lo había hecho siempre hasta el día del accidente, caminando sobre sus dos pies. Al cruzar la calle 153 B comenzó por detallar la irregularidad arquitectónica de las casas, unas de un piso al lado de otras que tenían tres y cuatro, unas pintadas de color curuba y otras en obra gris aún sin terminar el diseño exterior de sus fachadas- ¡Esto es democracia! – pensó.

No dejaba de sorprenderse al observar que en aquellas calles enormemente transitadas solo había espacio para un peatón a la vez y entonces el caminante que venía en sentido contrario se veía forzado a pisar el asfalto destinado para el tránsito de los automóviles a razón de no chocar con la humanidad de su vecino y de este modo, el carro y el habitante del barrio que iba de afán, tenían que competir en un espacio simbólico por ocupar un territorio a ver cuál de los dos llegaba primero a la otra esquina sin salir lastimado.

Al doblar en dirección hacia la carrera 102 notó como los niños, haciendo uso de su enorme creatividad, adecuaban las estrechas calles como un estadio que podía congregar a millones de fanáticos imaginarios para la realización de un gol, en un improvisado arco de dos piedras con un balón de cinco mil comprado en el remate de don José; las celebraciones espontáneas con quitada de camiseta de Felipe frente a los ojos de Marcelita presagiaban al futuro heredero del 10 colombiano.

Las calles del barrio hablaban por sí solas, era su Suba de antaño, quizá la patología del profesor Quintero no se había originado por el accidente sino por el recuerdo nostálgico de la Suba modificada por la resignación de personas que veían cómo los malos manejos administrativos de sus líderes populares acababan con la calidad de vida de sus habitantes, a Quintero le dolía su barrio, su país, su identidad nacional, su esencia, le dolía su historia.

Faltaban solo dos cuadras para que el profesor llegara a su destino y una lluvia que comenzó con pequeñas gotas terminó por obstaculizar el reflexivo recorrido de Quintero quien no tuvo más remedio que escampar bajo el carro de perros de doña Cleo.

– Don Joaquín, que milagro de verlo a pie y con esta lluvia – exclamó la señora.
– Es para ver si le demuestro a los vecinos y estudiantes que los locos son otros – respondió el hombre
– Ustedes los estudiados siempre están locos –
– No crea doña Cleo, la locura no es de estudiar es por no recordar, por eso dicen que estoy loco-
– No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista don Joaquín –
– Muy cierto doña Cleo –
– ¿Le provoca un perrito? La casa invita –
– Gracias, pero sin cebolla por favor-

Bajo un aguacero que parecía de tiempos de Noé, doña Cleo siempre dispuesta a atender con excelente calidad a sus clientes, preparó el perro con las manos entumidas por el frío mientras Joaquín Quintero le contaba la historia de cómo los fenicios sobrevivieron comerciando en medio del agua y, hacía la analogía con la tormenta en la que se encontraban.

– Con este aguacero nos vamos a inundar doña Cleo-

Y efectivamente el alcantarillado del barrio colapsó, llegaron los bomberos con chalupas y doña Cleo creyó que el profesor ya estaba cuerdo, el profesor ignoró que estaba más loco que nunca y los vecinos de las casas de un piso lo perdieron todo mientras el agua tomaba más altura; los vecinos de las casas de dos pisos sacaron lo que pudieron e ingresaron en las rudimentarias embarcaciones, entonces Joaquín Quintero recordó que la Lisboa de su cabeza era de origen fenicio, que luego había sido invadida por los Hunos y saqueada por los musulmanes, el docente pronto comprendió que la historia de Lisboa Portugal no era muy distinta de la que sufriría su natal Suba Lisboa.

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Esta historia fue escrita por Rivera Díaz y publicada el Miércoles, Octubre 24, 2012 y está archivada en la(s) sección(es) Candelaria, concursos, Cultura, Especial Bogotá, La Académia, La Alhambra, La Floresta, Publicaciones Comerciales, Suba, Tibabuyes. Usted puede seguir las respuestas y comentarios a través del RSS 2.0 "feed". Puede dejar su comentario, o trackback de su propio sitio web.
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